Doce cartas
Ella pensó que escribir sus deseos no sería peligroso... hasta que empezaron a cumplirse.
1
La pluma
Siempre me gustó iniciar la jornada con alguna canción famosa que me levantara el ánimo, y esta era imparable. Sí, eso. Imparable. Porque era mi momento. Un momento inigualable y trascendental que cambiaría mi vida para siempre. Una vida que me despertó, a gritos, a las siete en punto de la mañana.
Sí... Es la famosa canción de Queen, Don’t stop me now. Como ya sabréis, va de fábula para levantarse, y como a una servidora le cuesta más de lo normal...
Pero, aquella mañana, algo excepcional conseguiría detener el mundo. Al menos, para mí. Porque un milagro bajó del cielo para iluminar mi vida, mi alma y mi corazón. Aunque ya os contaré los detalles más adelante.
Para las personas que todavía no me conocéis, os diré que me llamo Catherine Blake, tengo veintinueve años y no... De acuerdo, tengo treinta... Joder, una ya no puede escoger tranquila su edad... Está bien, treinta y tres... ¡Pero ni uno más!
Bueno, vamos a lo importante... No desearía causaros envidia, pero vivo en mi precioso apartamento de Nueva York, adoro caminar por Central Park y, para mis amigas, soy como una especie de mezcla entre adorable y peculiar, soñadora e inconformista con las circunstancias de la vida.
Aun así, marzo en Nueva York resulta especial. La nieve ya no molesta, las calles empiezan a brillar con el sol de mediodía y los árboles del parque asoman de manera tierna mientras la gente pasea de la mano. Bien, esto es muy cursi, pero todo el mundo tiene derecho a ser feliz, ¿verdad? Además, estoy aquí para contaros mi historia, no para saber qué hacen los enamorados.
Tras levantarme de la cama, aún dormida y con la mirada entre las sombras de algún sueño inconfesable, me dirigí hacia la cocina. Perdonar el café de primera hora puede resultar muy arriesgado si vives en Nueva York. Porque situar los pies en la calzada significa recuperar las alarmas, los sentidos y cualquier radar que te permita mantener el rumbo hacia lugar seguro.
Luego pasé por la ducha, busqué ropa interior, mis pantalones ajustados, zapatillas de color plata, jersey de cuello alto y cazadora de piel. Vaya, que parecía lista para buscar guerra.
Me gustaría deciros que abandonar mi apartamento con la bici es como tocar el cielo. Desplazarse por la ciudad de los rascacielos a golpe de pedal es como un sueño embriagador. La mezcla de mi esfuerzo, el aire en plena cara y cierta música directa en los oídos puede mejorar la mañana si, durante la noche, te has criticado un millón de veces por no seguir los planes de vida. Ah, no entendéis nada, ¿verdad? Pues tampoco pasa nada... Os lo cuento y listos.
Resulta que una gentil servidora imaginó su vida muy diferente. Bueno, para no engañaros, diferente de cojones... Sí, porque siempre me vi ataviada con modelitos de lujo, perfumes exquisitos y la mirada en alto para robar el corazón de los hombres. También vi entrar mi alma en las mejores tiendas de la Quinta Avenida. Hasta llegué a verme con los brazos cansados por el peso de las bolsas, con joyas increíbles que rodeaban mi cuello y un novio guapísimo con empleo upper class en Wall Street que hiciera honor a mi belleza, a mi elegancia y a ciertas habilidades que prefiero guardar para mí.
Pero no. Ni mucho menos. Yo trabajaba como responsable de marketing para una empresa de publicidad, estaba harta de mentir a la gente y apenas sabía cómo lidiar con mi jefa. A ver, que tampoco está mal... Mi grado universitario en Comercio Internacional y un máster en Londres permitieron que mi primera entrevista de trabajo fuera un éxito, pero esa mujer era insoportable. En serio...
Una vez estuve sobre el asfalto, con mi bicicleta y como siempre antes de ir hacia la oficina, paré tres minutos en la cafetería de un tipo... Cómo decirlo... Especial... Sí, eso... Mejor lo dejo aquí...
—Buenos días, Catherine... —dijo él como saludo cortés para suavizar la mañana.
Aquel pequeño local era bonito y muy acogedor. Situado en la planta baja de un edificio antiguo, las paredes interiores de ladrillo envejecido en tonos de color rojo intenso, el suelo de madera y la decoración al más puro estilo de los años cincuenta y sesenta parecían un viaje en el tiempo. Era como si detener la marcha cada mañana representara cambiar de vida. Como si, al salir de la cafetería, un ser misterioso recién llegado de otra galaxia ¡me obligara a cerrar los ojos para evitar el cruce de miradas con la zorra de mi jefa! Vaya mierda, ¿verdad?
—Hola, Jonathan. ¿Me pones lo de siempre, por favor?
Como dije hace solo un momento, Jonathan Moore era un tipo especial. Elegante, siempre discreto y con la mirada oculta entre las sombras del local, parecía como si hubiera iniciado el servicio solo para mí. Sí, un poco raro... Era como si abrir la persiana cada mañana para calentar mi segundo café representara un ritual con poderes más allá del cielo, enigmático y lleno de fantasía.
—Ya sabes que no hay problema con el café, pero no queda ni un solo muffin de frambuesa. Lo siento...
—¿En serio? ¡Si apenas son las ocho de la mañana!
—Lo siento, Catherine. Esta jornada es muy extraña...
Aquella manera de atenderme no fue habitual. ¿Qué era eso de «esta jornada es muy extraña»? ¿Nunca más tendría muffins a partir de esa hora? ¿Yo debía cambiar mi ruta para desayunar en otra cafetería? ¿Ya no le caía bien? ¿Jonathan jugaba conmigo para hacerme rabiar? ¡Dios, odio cuando la vida no va por la ruta prevista! Vaya, como toda mi vida. ¿O no recordáis este detalle sin importancia?
—¡No me digas eso! ¿Y qué hago ahora?
—¿Te apetece una magdalena de mantequilla?
—¡Por supuesto que no! ¡Quiero el muffin de frambuesa!
—Lo siento muchísimo... Ya te he dicho que no quedan.
—Entonces, solo me llevo el café...
—De acuerdo —cerró él sin preocuparse.
De nuevo en la calle, con mi café para llevar sobre la bicicleta y el equilibrio en juego, opté por cambiar la ruta. Alguna intersección, evitar esa marabunta insoportable de coches y sortear las sombras de la gente sobre la acera fue como si...
«¿Qué es eso?», me pregunté, extrañada, al ver un suave reflejo de color negro brillante sobre la calzada.
Cuando frené la marcha, vi que una pluma preciosa, antigua y tentadora resplandecía a un metro y medio de la pared. Me pareció como si alguien la hubiera colocado allí a propósito. Como si esa persona misteriosa necesitara que yo la encontrara. Como si, para corregir mi vida, una fuerza sobrenatural me obligara a cerrar los ojos, a controlar mi espalda y a recogerla del suelo.
Pero encontrar ciertas cosas en la calle, por bonitas que fueran, no evitó seguir el camino hacia la oficina. Allí esperaba una mujer odiosa, cruel, egoísta y muy envidiosa. Sí, mi jefa. Bueno, la verdad es que era mi puta jefa de los cojones. Ya estoy mejor... Y algunos compañeros, claro. Además, ellos nunca tuvieron la culpa.
—Hola, George.
—Buenos días, Catherine. Te aviso para que no te asustes; esta mañana, Mía parece de mal humor.
—Entonces, ¿como siempre?
—No... Creo que hoy es peor.
—Eso es imposible.
—Ya lo comprobarás tú misma...
Si mi nivel de frustración habitual ya rozaba lo inaguantable, la primicia de George fue como un jarro de agua fría. Hasta pareció como si la mañana fuera un mal recuerdo. Como si hubiera sido mejor quedarme en la cama, sola, tapada hasta las cejas y dispuesta a planificar toda mi vida desde cero. Porque aún recordáis que no me gustaba nada, ¿verdad? Sí, seguro que sí...
Pero las obligaciones de mi agenda, cierto nivel de responsabilidad y una reunión que no podía esperar...
—Ya era hora. Son las ocho y media —dijo Mía, más conocida como «mi puta jefa de los cojones». Vale, eso ya lo dije antes...
—He llegado a tiempo —respondí con mirada asesina.
—¿Te atreves a discutir conmigo?
—Eres tú quien discute. Yo solo dejo constancia de mi opinión sobre la hora de llegada.
—Te quiero ver en mi despacho dentro de quince minutos. En quince minutos, no dieciséis.
—¿Podrían ser diecisiete? —pregunté, muy seria, con síntomas de burla y una mueca muy divertida. Divertida para mí, claro...
Aquella mañana, George y quien os habla debíamos revisar el plan de comunicación de una famosa compañía de moda y complementos para mujer. La guerra comercial entre las empresas del sector no parecía tener fin, y la tregua que nunca existió entre mi puta jefa de los cojones y yo representaba a la perfección las ganas que tenía de escapar a toda velocidad.
—George, perdona que te moleste —dije, discreta y con cierta cautela, al invadir su espacio semiabierto de trabajo—. Mía quiere verme en su despacho dentro de quince minutos... Bueno, dentro de catorce, que ya ha pasado uno desde su berrinche.
—Sí, os he oído. Bueno, os ha oído toda la oficina.
—Es una cabrona. Lo hace a propósito.
—Sois tal para cual, Catherine.
—Perdona, ¿me estás diciendo que soy como la furcia esa? No señor... ¡Yo no soy como ella!
—De acuerdo...
—Bueno, a lo que iba. Si no me despide antes, en cuanto salga revisamos el plan de (prefiero no mencionar la empresa, que luego se sabe todo y la publicidad nunca fue gratis... Os lo dice una gran experta en la materia).
—No te preocupes, Mía no te despedirá.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque eres la mejor en tu trabajo.
—¿Intentas hacerme la pelota?
—No, solo digo la verdad.
—Vale... Intentas hacerme la pelota...
—En absoluto, ya te lo he dicho. Trabajamos en publicidad y tu imaginación, las ideas que tienes y esa magia infinita que no sé de dónde sale son imposibles de sustituir. Así que no debes temer por el puesto. Mía no podría prescindir de ti ni queriendo.
—Pues quizá la mate yo —sentencié al imaginar una vida a las órdenes imperiales de aquella mujer tan odiosa.
Los trece minutos que faltaban para visitar el despacho de Mía los pasé en las nubes. La verdad es que, para mí, no era habitual. Llamadas urgentes de unos y otros, reuniones, correos electrónicos, horas en algún estudio fotográfico y sesiones eternas de rodaje para que los anuncios quedaran alineados según las indicaciones del cliente formaban parte de mi rutina. Pero malgastar el tiempo sin hacer nada...
«¡Mierda, ya han pasado los quince minutos!», pensé, aterrada, mientras levantaba el culo de la silla para buscar la metralleta con la que por fin mataría a mi jefa. Bueno... En realidad, no pensaba matarla... ¿O sí? No, que me encerrarían veinte años en la cárcel. Pero tenía unas ganas... Os lo prometo...
—¿Puedo? —pregunté, seria y discreta, mientras golpeaba con los nudillos en la puerta de su despacho.
—Siéntate, por favor.
Uf... El tono de aquella mujer parecía salir de las catacumbas. Además, el tabaco desde primera hora de la mañana, los whiskies que seguro llevaría entre pecho y espalda y su genio de zorra eran demasiado habituales como para disimular.
—Tengo trabajo... —solté, atrevida como pocas veces, al intuir que el silencio no era fruto de la improvisación.
—¿Por qué me odias? —preguntó Mía, solemne, calculadora y sin despeinarse.
—Porque me haces la vida imposible.
—Entonces, ¿admites que me odias?
—Admito que me haces la vida imposible, a sabiendas y sin la decencia mínima para reconocerlo.
—Muy bien. Tú lo has querido... Mañana será tu último día en esta oficina.
—¿Me despides?
—No, querida. Peor aún. Te traslado a la sede regional del sur.
—¡Eso está en Arizona! ¡No pienso ir ni loca!
¿Era cierto? ¿Mi puta jefa de los cojones me quería en Arizona? ¿O solo pretendía hacerme rabiar? Dios, qué miedo tan aterrador invadió mi corazón...
—Tienes hoy y mañana para delegar en George todos los proyectos en curso. Te doy el resto de la semana libre para que puedas organizar el traslado.
—Ya te lo he dicho. No pienso ir a Arizona.
—Por supuesto. Te quiero allí el próximo lunes a primera hora. A las ocho en punto... Ni un minuto más tarde.
Pues sí. Preparaba las maletas para tomar un avión con rumbo al desierto de Arizona o presentaba mi dimisión esa misma tarde. Bueno, esa misma tarde o durante la semana, que por algo la tenía libre, ¿no?
El resto de la jornada fue una mierda absoluta. A ver, para ser más precisa, diré que fue una mierda absoluta, gigantesca, horrible y descomunal. Vamos, que fue una jornada para olvidar. ¿O quizá no? ¿Y si el día llegó para cambiar mi vida? ¿Recordáis este detalle sin importancia? Sí, hace solo tres o cuatro páginas. Pues eso. Y ya os podéis preparar, porque estáis a punto de ver la magia que orbita en el universo...
Al atardecer, triste por dejar Nueva York y de nuevo en mi apartamento, un mar infinito de lágrimas se apoderó de mi corazón. Estaba desolada... Imaginar mi vida en Arizona, dejar atrás la clase y el ambiente de la ciudad de los rascacielos y aceptar que no vería Central Park por tiempo indefinido representó una tumba de acero de donde nunca podría escapar. Fue como si no recoger más desayunos en la cafetería de Jonathan significara pasar hambre de por vida. Como si mi bicicleta no estuviera dispuesta a venir conmigo a las tierras áridas del sur. Como si, en realidad, necesitara un milagro para huir de mi destino.
Pero no estaba dispuesta a rendirme tan pronto... Además, los valientes escribieron la historia, de modo que verme arrinconada en los pasillos de la oficina tampoco era opción.
«¿Me niego a obedecer sus órdenes y dejo que la muy cerda me despida mañana mismo?», pensé mientras guardaba mi cazadora de piel en el armario.
«¿Y si mañana no me presento? Total, la muy zorra solo quiere mandarme al quinto pino», me dije un segundo después.
«Podría hacerme la enferma...».
«Incluso no estaría mal presentarme como si nada, realizar mi trabajo con simpatía y simular que hoy no ha existido».
«O podría...».
Pero no acabé la frase. Porque mientras vaciaba mi bolso para buscar el teléfono, vi la misteriosa pluma que recogí de la calzada tras abandonar la cafetería de Jonathan. Una cafetería dulce que, por cierto, no me guardó el muffin de frambuesa... Vaya tío...
«Ya te vale, Jonathan... Sabes que adoro ese muffin», pensé al colocar la pluma sobre la barra de la cocina.
«¡Lo tengo!», me grité en silencio, sorprendida por mi reacción y dispuesta a elaborar el plan de ataque ideal para que la mañana siguiente fuera inolvidable.
Sentada allí mismo, junto a la cocina y sobre uno de los cuatro taburetes que me regalé durante el otoño anterior, acaricié la pluma, busqué una libreta de piel nueva y escribí.
Lo cierto es que no sabía por dónde empezar... Sentía emociones contradictorias. Como si desear el mal a mi jefa y preparar una estrategia conmovedora para modificar su opinión fuera la prueba de mi delito. Como si resultara imposible viajar al desierto. Como si Arizona y su calor no fueran para mí. Como si, en el fondo, la odiara hasta morir.
Esta mañana, tras abandonar la cafetería de Jonathan, un brillo en la calzada llamó mi atención.
«Joder, qué bien escribe la tía», pensé al ver que la tinta fluía sola por la hoja.
Pero luego, de nuevo en la oficina, la cabrona de Mía ha querido enviarme a la delegación del sur. Sí... En el desierto de Arizona... Y por eso escribo con mi pluma nueva. Para detallar mi plan de guerra contra esa furcia.
«Pues sí. Esta pluma escribe de narices», me insistí, ingenua y convencida, al intuir que las ideas brotarían libres como setas en otoño.
Plan I. Me presento en la oficina, entro en su despacho y me niego a obedecer sus órdenes. Nota: es muy probable que me despida en ese momento.
Plan II. Me quedo en casa. Llamar a George y contarle todo el plan. Al menos, que alguien lo conozca. Nota: es muy probable que me despida en ese momento.
Plan III. Llamar a primera hora para decirle que estoy enferma. Nota: seguro que la sinvergüenza de Mía no me cree y me despide en ese momento.
Plan IV. Llamar a mi abogado y presentar demanda laboral contra la empresa por hacerme la vida imposible. Nota: en este caso, no tendría escapatoria y lo mejor sería rescindir el contrato yo misma.
Plan V. Bombardear la oficina con misiles de corto alcance. Nota: es muy probable que no sobreviva nadie. Tampoco el bueno de George... Y no se lo merece...
«Ya lo tengo... ¡Soy una puta crack!», me dije, casi a gritos pero en silencio, mientras ideaba mi obra maestra.
Pero, en el fondo, mis emociones hacia ella eran bastante más terroríficas. Bueno, bastante más, no... Mucho más... Porque solo era capaz de odiarla como se odia a los peores enemigos de guerra. Como se odia a quien te traiciona por la espalda. Como se odia a quien no... Hasta que la magia de la inspiración llegó del cielo para describir uno de mis mayores deseos...
En realidad, odio tanto a Mía que desearía verla muerta... No, un momento, por favor... Mejor aún... La odio tanto que desearía que nunca hubiera existido.
Ya de noche, con las emociones en calma y satisfecha por mi plan de resistencia sobre la barra de la cocina, dejé que los sueños hicieran el trabajo sucio. Desear la muerte de Mía, su inexistencia o cualquier situación que permitiera librarme de ella fue divertido mientras escribía, pero el día siguiente amanecería sin remedio y yo tenía que decidir.
«Si me niego a obedecer sus órdenes, es posible que la historia acabe fatal», pensé mientras repasaba mis opciones.
«Si me quedo en casa y no aparezco... No, eso es de cobardes», me dije al caminar hacia la cama.
«Si llamo... a... primera... hor...».
Hasta que, sobre las once, me quedé completamente dormida.
Sabéis que siempre me gustó iniciar la jornada con alguna canción famosa que me levantara el ánimo, y esta aún era imparable. Eso, imparable. Porque era mi momento. Un momento inigualable y trascendental que cambiaría mi vida para siempre. Una vida que me despertó, de nuevo, a las siete en punto de la mañana.
Tras levantarme de la cama, aún dormida y con la mirada entre las sombras de algún sueño inconfesable, me dirigí hacia la cocina. Ya sabéis que perdonar el café de primera hora puede resultar muy arriesgado si vives en esta maravillosa ciudad. Luego pasé por la ducha, busqué ropa interior, pantalones anchos para variar, zapatillas de color plata como el día anterior, blusa, jersey de cuello en pico y cazadora de piel. Vaya, que parecía lista para buscar guerra. Pero no. Yo solo buscaba una guerra contra la zorra de mi jefa.
Una vez estuve sobre el asfalto, con mi bicicleta y como todos los días, paré tres minutos en la cafetería de Jonathan.
—Buenos días, Catherine... —dijo él como saludo cortés para suavizar la mañana.
—Hola, Jonathan. ¿Me pones lo de siempre, por favor?
—Por supuesto.
—¿Hoy sí tienes muffins?
—Claro. Siempre los tengo. Sobre todo, el de frambuesa.
—No, Jonathan. Ayer dijiste que no tenías...
—Sí, Catherine. Siempre reservo uno para ti. Es tu favorito.
Para decir la verdad, yo no sabía por dónde iba la dichosa conversación. Era cierto que Jonathan siempre me ofreció aquel desayuno como una especie de ritual, pero negar algo tan evidente que sucedió durante la mañana anterior parecía un juego sin sentido, misterioso y que apenas logré comprender.
—Bueno, da igual... Me voy, Jonathan, que necesito llegar a la oficina cuanto antes.
—Hasta mañana —dijo él para despedirse.
—Hasta mañana —respondí yo, aunque no fuera capaz de intuir si regresaría. Ya sabéis... Posible traslado, despido o cualquier circunstancia que arrasara mi vida en Nueva York.
Al explicaros la jornada anterior, no quise profundizar porque nos acabábamos de conocer. Y no me refiero a Jonathan... Hablo de vosotras y yo. A lo que iba. Creo que Jonathan me gusta. Suele ser atento, elegante... Esto lo dije ayer... Bueno, también es guapo, discreto, parece listo y nunca muestra sus emociones en público. No sé... Me da la impresión como si ocultara algo... Como si, a lo mejor, yo también le gustara. Molaría, ¿verdad?
Pero los sueños románticos no consiguieron modificar la realidad. Vaya mierda más grande, ¿no? Además, una gentil servidora ya se encontraba ante la fachada principal de su oficina, así que la guerra contra Mía era un paso más hacia mi tumba profesional.
Incluso pensé que podría olvidar con facilidad toda injusticia, recelo, envidia y los gritos que acumulé durante años. Me pareció como si discutir con ella fuera una victoria. Como si reconocer mi decepción fuera liberar mi alma. Como si, al estar frente a frente, una fuerza descomunal me obligara a lanzarme contra su cuello y apretar hasta que... Bueno, mejor no lo digo...
—Hola, George. ¿Mía ya está en su despacho? —pregunté con muestras evidentes de nerviosismo.
—¿Quién? —respondió él, serio, mientras caminaba de forma extraña por la recepción. Vaya, que parecía controlarnos a todos.
—Pues Mía. ¿Quién va a ser?
—¿A qué Mía te refieres?
—Joder, George... Mía Macallan. La mujer que me ha hecho la vida imposible durante los últimos tres años.
—¿Estás bien?
—Claro que estoy bien... ¿Por qué lo preguntas?
—Catherine, aquí no trabaja nadie con ese nombre...
Cuidado con lo que deseas.
No sabes cuántas cosas pueden cambiar...
