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El amor no existe... Pero te quiero

Ella pensó que podría defenderse con su frase favorita, pero no fue tan sencillo. ¿Qué frase? Ya la conocéis... El amor no existe.

1

Aeropuerto de Ibiza

Nunca imaginé que me gustara tanto la equitación. Solos y cuando cabalgamos, en posición de combate para dejarnos llevar al trote. Otras veces, más rápido y al galope. Incluso, en ciertos momentos y para relajar el cuerpo, lentos y aplicados mientras nos regalamos alguna emoción por caminos circulares, suaves, tiernos y dulces a ras del suelo para sentir el roce de nuestra piel. Pero siempre libres como las aves migratorias, juntos y dispuestos a conquistar la brisa celestial de nuestro destino.

Os preguntaréis qué significa esta reflexión tan campestre. Pues bien, como nada suele ser lo que parece, os lo contaré. No estaría mal acomodarse, dejar que fluyan las páginas y buscar algo refrescante para los momentos de excitación. Si queréis...

Resulta que una servidora estaba en el aeropuerto de Ibiza. Era mayo y, tras cuatro días para gestionar un evento institucional de cierto cliente, algo inesperado cambió mi vida.

«¡Dios, qué guapo es ese tío...!», pensé, discreta, mientras seguía su rostro con la mirada.

Pero el muy sinvergüenza se acercó más. Y un poco más. Más. Y todavía más...

«No, por favor. Estoy hecha un desastre...», me dije cuando él ya se encontraba a medio metro.

—¿Te importa si dejo aquí mis cosas? —susurró él con una de aquellas voces que no se olvidan sin más.

No me creeréis, ya lo sé, pero el hombre más guapo y atractivo del mundo quería compartir solo conmigo el taburete que nos separaba de alguna caricia semicasual de manos que no me hubiera importado lo más mínimo.

—En absoluto. Yo ya me iba —le respondí como una tonta y, quizá, también algo nerviosa.

«Seré idiota... Si mi vuelo no sale hasta dentro de hora y media», pensé, inalterable por fuera, mientras le miraba de reojo.

Pero ya había anunciado mi fuga y en ese momento resultaba muy difícil retroceder en el tiempo. ¿O quizá no?

—¿Tan pronto? —preguntó él sin inmutarse.

—No me hagas esto, por favor...

Bueno, en realidad, no le dije eso. Veréis la barra para diálogos, pero estaba tan atacada que no me atreví.

El tipo de mi lado tenía el pelo castaño. Ni oscuro ni claro. Ni largo ni corto. Vaya, que era perfecto... Ojos marrones y una barba de tres días que no logré descubrir si era voluntaria o fruto de su carrera infernal para no llegar tarde a nuestra cita. De acuerdo, me habéis pillado. La escena tampoco fue así. Digamos que la carrera solo fue para no llegar tarde al aeropuerto, pero en ese momento me gustó pensarlo. Y olía... Uf, de maravilla... ¿Es posible que un hombre tenga ese aroma tan varonil y seductor? Pues sí... Os juro que lo tenía... Dios, si lo tenía...

—¿Hola...? —insistió él.

Pero yo seguía callada como si un gato se hubiera comido parte de mi lengua.

—Hola...

Sí, ya imagino qué pensaréis, pero no supe cómo responder a un «hola» tan profundo y arrollador que parecía desnudar mi alma sin compasión.

—¿Ya no te vas?

—No, ya no.

—¿Entonces?

«Entonces, ¿¡qué!?», susurré, tímida y en silencio. Porque no fui capaz de intuir hacia dónde iba la conversación. Además, mi nivel de feromonas debía de estar por las nubes y seguro que lo notó al ver mi rostro.

—¿Hola...? —insistió él por segunda vez.

—Hola...

Sí, ya lo sé. Y tampoco digáis nada, por favor, que me ruborizo al pensar en su reacción.

—¿Te importa si dejo aquí mis cosas?

¡Menudo chasco! Solo llevaba un mísero minuto en mi cuento de princesas y el golpe de realidad me ubicó de nuevo en el selecto grupo de mortales que no sabía hacia dónde mirar.

—En absoluto.

—¿Siempre respondes «en absoluto»?

—En absoluto.

—De acuerdo —cerró él antes de ignorarme.

​​​

Durante un rato que no supe cuantificar en las manecillas del reloj, ninguno de los dos volvió a mirar al otro. Quizá fue por mi culpa. Bueno, quizá no. Seguro. Vale, segurísimo... Pero si hubierais estado en mi lugar, lo entenderíais.

A lo que iba. Aprovecho la desconexión emocional del tipo del aeropuerto para explicaros que estaba en Ibiza por asuntos relacionados con mi trabajo. Sí, he dicho «mi trabajo». Pudo tratarse de alguna fiesta con poca ropa y mucho alcohol, pero no fue así. Las aventuras nocturnas quedan reservadas para ciertos clientes que suelen pagar muy bien. Personas de alto nivel y sin miramientos que adoran aquella zona del Mediterráneo para confirmar mi frase favorita: «el amor no existe». Aunque ya os contaré el motivo de la ocurrencia más adelante.

Me llamo Chloé, y su origen griego significa algo así como «renovación» o «brotes verdes», ya que, según dicha mitología, Chloé fue la diosa de la primavera. Pero vamos a lo importante. Vivo en París. Sí, en París. La Ciudad de la Luz. La de los paseos románticos sobre cada puente del río Sena, de la Torre Eiffel, del Louvre, de los Campos Elíseos al sol, de Montmartre y sus pintores. La ciudad que ostenta el café más bonito del mundo. ¿Queréis saber cuál es? De acuerdo... Se trata del Café de la Paix.

¿Sabíais que, durante la Belle Époque, el Café de la Paix fue uno de los centros neurálgicos de la vida social parisina? Pues sí. Allí solían coincidir artistas, escritores y pensadores como Émile Zola, Víctor Hugo, Oscar Wilde o Guy de Maupassant. Incluso, desde la misma esquina, era frecuente observar la pasarela inagotable de vestidos y trajes al abandonar la Ópera en sus coches de lujo.

Pero, maldita sea... En aquel preciso momento, las notas de un teléfono sonaron para romper la magia.

—Es el tuyo —le dije sin pensar ni un segundo, muy nerviosa y, lo mejor de todo, sin mirarle.

—No, es el tuyo —respondió él con voz serena, muy tranquilo y, lo peor de todo, sin mirarme.

—Hola, mamá... —dije yo, aún más nerviosa, mientras rezaba para que un tsunami inesperado, tormenta o cualquier catástrofe natural me sacara de allí.

—Sí, mamá. Que sí. Mamá, ya te he dicho que sí... De acuerdo. Sí, nada más llegar, te aviso... Un beso también para ti. Y dale otro a papá.

A ver, dárselo, lo que todos entenderíamos como «dárselo», no se lo dio, pero creo que se lo dijo.

—Se preocupa por ti.

«¿El guapetón del aeropuerto me habla a mí? Ahora no querrá que seamos amigos, ¿verdad?», pensé antes de responder.

—Es muy pesada.

—Aun así, se preocupa por ti.

Dios, cómo olía ese tío. Os lo juro... No supe adivinar si era el mejor desodorante del mundo, alguna colonia maravillosa o si aún estaba en el cielo mientras le miraba escondida entre las nubes de algodón. De reojo, pero entre las nubes de algodón.

—Quizá, pero sigue siendo muy pesada.

—Si tú y yo estuviéramos juntos, también te pediría, por favor, que me avisaras al llegar.

«¿Alguien puede explicarme qué coño acaba de suceder?». Esto no lo dije, pero estuve a un pasito de gritarlo a todos los viajeros, empleados y gente de bien que deambulara sin vernos por el maldito aeropuerto.

—Pero no lo estamos.

—Ya lo sé. Si fuera así, creo que me acordaría.

Mierda. Sucedía otra vez... Aquel tipo me estaba tirando la caña con una fuerza descomunal y una clase digna de los mejores actores de cine. Además, el muy capullo seguía impasible ante su café, serio y sin mirarme. Os lo prometo. Mis ojos ya se habían rendido una vez. Quizá dos. Vale, tres como mucho... Pero él, nada. Hasta que no pude aguantar más y metí la pata.

—Si tú y yo estuviéramos juntos, no permitiría que me hablaras así, tan serio y sin mirarme.

Durante cinco segundos, mi corazón dejó de latir. No fui capaz de asimilar mis propias palabras, y mis manos, blancas, frías y temblorosas como nunca las vi antes, bailaban tiernamente al son de alguna música invisible.

—¿Así está mejor? —dijo él mientras parecía divertirse al contemplar mi precioso cuerpo (eso lo digo yo) sobre la baldosa, húmedo, rendido y a su merced.

La mirada masculina de aquel señor mezclaba inteligencia, nobleza infinita, cariño y un saber estar que nunca imaginé tan cerca. Fue como si hablara con las pestañas. Como si me besara. Incluso pensé que podría desnudarme allí mismo, salvaje y descarado, con un simple abrir y cerrar de ojos.

—Sí... —susurré, discreta y veloz, para evitar que intuyera mis emociones de colegiala.

Durante varios minutos que parecieron siglos, aquel tipo y yo regresamos a nuestro café, a nuestra vida misteriosa... Bueno, solo la suya... Y a nuestros miedos... Vale, a los míos... Solo a los míos... Pero él seguía dispuesto a mantener el juego, la burla insolente y algún disparo que ya fue con bala.

—¿Podría conocer tu nombre?

—¿El mío? —repregunté sin pensar. Así, como una campeona que no teme a nada ni a nadie.

Pensaréis que soy idiota, pero no. Como siempre decimos las mujeres, «todo fue culpa suya». ¿A quién se le ocurre hablarme así, mirarme así y preguntar mi nombre? Ya os respondo... Al tío del aeropuerto. Al morenito guapo y sutil que olía de muerte. Al hombre que, si estuviera conmigo, suplicaría una cadena de mensajes para saber que estoy bien, que he llegado a casa y que seré eternamente suya... Vale, se me va la imaginación al recordar la escena, pero es divertido si evitas hacerte ilusiones...

—Sí, el tuyo...

—Chloé. Chloé de la Fontaine —respondí sin mirar.

—Precioso nombre.

—Gracias.

—Como su dueña.

«Joder, chaval. No me lo hagas otra vez, por favor, que ya noto un calor muy excitante que no seré capaz de neutralizar ni con los ocho Martini’s que pienso encargar a la azafata cuando llegue a mi puto asiento», me dije, asustada, mientras la humedad comenzaba a delatarme.

Supongo que estaréis de acuerdo conmigo. ¿Cómo era posible ser tan sumamente descarado? Apuesto, atractivo y elegante, pero descarado. Además, el muy cabrón parecía divertirse con mis preguntas de niña.

—¿Por qué no me miras? —le dije tras un acto de valentía sin precedentes.

—Porque no estamos juntos...

«¡Será hijo de puta!», pensé al instante. Porque el muy cara dura estaba jugando conmigo. Con Chloé de la Fontaine... De París. La Chloé de aquellos brotes verdes en primavera. La tímida Chloé de los paseos románticos sobre cada puente del río Sena, de la Torre Eiffel, del Louvre, de los Campos Elíseos al sol, de Montmartre y sus pintores. ¡La Chloé del Café de la Paix!

—Y es una verdadera lástima... —insistió él en voz baja.

—Vete a la mierda, maleducado.

Os juro que estaba de los nervios, pero miré al frente, pedí otro café para no separarme de él y coloqué mi bolso entre las piernas. Estaba dispuesta a presentar batalla, así que deslicé la cremallera poco a poco y metí la mano para buscar el pintalabios.

«Ahora te vas a enterar de quién soy, capullo...», le dije, seria y en silencio, para que mi valentía fuera un asunto privado. Aunque nunca imaginé que pudiera sostenerla tan poco rato.

—¿No quieres saber mi nombre? —preguntó él para desmontarme otra vez.

—Tu nombre y la colonia que usas...

Bueno, aquí aparece de nuevo la barra para el diálogo, pero mi respuesta fue mucho más discreta.

—Vale...

Qué ridícula, ¿no? Pero es que no me salió nada más. ¿Qué iba a decirle? ¿Cómo se supone que debía responder? ¿Con un «claro que sí, guapísimo, dime tu nombre, la talla de pantalón y cualquier escena picante que se te ocurra»? Pues no. Eso no va conmigo.

—Arthur Brown —respondió él, impasible y aún sin mirarme.

—Precioso nombre.

—Gracias.

—Como su dueño.

Fue cierto. Se la devolví con la mano abierta, en toda la cara y, además, como una reina... Pero nada era tan fácil como dejar libre la mente, porque sin permitir un segundo para la reacción y antes de saborear mi nuevo café, el guapo del aeropuerto inclinó treinta grados su cuerpo, alzó el brazo derecho y, sin levantarse ni un solo milímetro del taburete, me agarró por la zona posterior del cuello, tiró de mí hacia él y... sí, el muy cabrón me besó.

«Perdón, ¿alguien ha visto eso?», me pregunté en silencio y aún más atacada que antes.

«¡Agresión, ha sido agresión!», volví a gritar para mí, todavía en las nubes y súper descolocada. Porque ese tío no solo olía de cine. Resulta que también estaba buenísimo... Buenísimo de sabor, que sobre el aspecto físico ya os informé antes.

—Maldito sinvergüenza, ¿¡quién te has creído que eres!?

—El tío a quien le has devuelto el beso.

Vale, es cierto. ¿Cómo iba a separarme de él? Que no soy tonta. Además, si alguna de vosotras hubiera estado allí, tampoco se habría apartado. Porque fue un beso rebelde pero muy suave, lento, apasionado y veloz al mismo tiempo. Fue un beso tierno, húmedo y ardiente, caluroso, largo y, joder, de puta madre, para qué os voy a engañar.

—Tócame otra vez y te pego una hostia... —le dije, seria, antes de regresar a tierra firme.

Ya lo sé... Apenas tiene sentido. Pero no iba a permitir que me utilizara a conveniencia. ¿O sí? Bueno, qué importa eso...

—De acuerdo. No lo haré hasta que me lo pidas.

Definitivamente, ese tío era un hijo de puta con todas las letras. ¡Y en mayúsculas!

Cuando salgo de noche por los garitos de moda en París, nunca permito actitudes como esa. Mis amigas de toda la vida, que ya os las presentaré en otro momento más adecuado, siempre dicen que debería soltarme algo más. Que si no me esfuerzo por abrirme al sexo opuesto, jamás encontraré novio. Y a mis treinta y dos años, ya es hora... No se trata de ser una mojigata, que rollos nunca me han faltado, pero me cuesta horrores creer en la gente, en su buen hacer y, sobre todo, en su lealtad, fidelidad o como diablos lo queráis llamar... Y esta confesión tan personal me permite recordaros mi frase favorita: «el amor no existe». Frase que, según ellas, suena fatal para conocer gente nueva.

—Nunca te lo pediré.

A todo esto, aún no os he contado que el taburete compartido que ya no representaba ninguna barrera entre nosotros parecía un desastre absoluto. Su cartera con varios documentos que sobresalían de los bolsillos laterales, los teléfonos de uno y otro, cargadores y cables, su agenda de piel, mi ropa interior... Bueno, esto no, pero, tras el beso, ya me hubiera gustado. Todo era un caos de tal magnitud que me levanté sin pensar en las consecuencias, dejé un billete de diez euros en la barra para abonar los dos cafés, recogí mis cosas, los mil trocitos de alma que aún rondaban por el suelo y abandoné el bar a toda velocidad para ir derechita hacia la puerta de embarque. Ah, y sin despedirme... Por creído...

Varios minutos después de aquella carrera infantil solo contra mí misma, mi corazón comenzó a recuperar el ritmo cardíaco. Estaba hecha un cromo, ya que la jornada no me permitió la típica ducha antes de abandonar el hotel, y las prisas, atender a varios clientes y mis ganas por no perder el avión hicieron que el tipo del aeropuerto besara a una mujer muy poco femenina. Si hubiera ido vestida para una cita romántica, ¿qué hubiera pasado? ¿Habríamos hecho el amor allí mismo? No, imposible... Yo no soy así. Pero le devolví el beso. Uf... Menudo lío tuve aquel día...

Pero el beso fue real. Porque fue uno de aquellos besos que no se olvidan con facilidad. Fue un beso de amor sincero y real, como ese amor en el que ya os he dicho que no creo. Fue un beso dulce de fantasía, de cuentos y princesas. Un beso para mí, para él y para nuestro recuerdo. Solo para mantener en nuestro recuerdo. Vaya putada más grande, ¿no?

Tras recuperar una parte «súper-mega-pequeñita» de mi compostura, encontré la dichosa puerta de embarque. Aunque dos azafatas de la aerolínea parecían dispuestas a dejarnos pasar, el acceso no estaba disponible a...

—Llamada a todos los pasajeros del vuelo AF8492 con destino París, embarquen por la puerta catorce, por favor.

«Parece que hoy tengo suerte», pensé, todavía en las nubes.

«Escapo del tío bueno del aeropuerto y autorizan mi embarque de inmediato para no encontrármelo nunca más... Pero le devolví el beso... Un beso con lengua...».

Como veis, el recuerdo, su aroma y las contradicciones no querían abandonar mi mente, y eso nunca resultó fácil de asimilar para una mujer como yo.

Una vez en la aeronave, localicé mi asiento en las primeras filas, número par y junto a la ventana (cuando puedo, siempre lo hago), acomodé mi equipaje de mano en los compartimentos superiores y encargué un delicioso Martini blanco, doble, con mucho hielo, con su trocito de limón recién cortado, un chorrito de vodka y la correspondiente aceituna. Lo prometido es deuda...

Pero yo seguía tan nerviosa y fuera de control que recordé no haber dejado el teléfono en modo avión, así que me levanté, metí la mano de cualquier manera en el bolso Hermès y pulsé el botón virtual sin mirar.

«Si me equivoco de botón y suena en pleno vuelo, ya me dirán algo...», pensé antes de atacar el primer sorbo mega gigante de mi súper Martini al modo Chloé de la Fontaine. Sí, de París y de los puentes románticos sobre el río Sena, de Montmartre y sus pintores. La Chloé del Café de la Paix. La tímida Chloé que acababa de besar a un simple desconocido, guapo y que no olvidaría jamás. Porque, a partir de aquel momento, siempre fui esta Chloé.

Hasta que me dormí... Aunque yo estaba dispuesta a pedir mis ocho Martini’s, caí rendida al cansancio, a las emociones de mi rey Arturo, al recuerdo de aquel hijo de puta inolvidable, a su aroma, al beso y al resto de mi vida sin él.

Pero el vuelo duró menos de lo normal... O no... Porque el efecto embriagador del Martini súper especial permitió que...

—¿Mademoiselle...?

—¿Mademoiselle...? Hemos llegado a París...

—¡Mademoiselle, por favor, que solo queda usted en el interior del avión! —dijo una voz femenina que seguía moviendo mi hombro derecho hasta rozar la mala educación.

«¡Es cierto, maldita sea!», pensé, aterrada, antes de levantarme de un brinco y enfocar la mirada. Porque todos los pasajeros del avión ya habían desembarcado y yo seguía justo allí, en mi butaca, con el pelo alborotado y como si la vida no fuera conmigo. Como si la compañía aérea fuera solo para mí.

—Lo siento mucho, me he dormido —respondí tras recordar al tío del aeropuerto, su beso increíble y las ganas que tenía de olvidarle de una vez. Sí, porque no era posible ni aceptable que mi primer recuerdo tras el Martini súper especial estuviera reservado a él. Sí, a él... Solo a él...

—No se preocupe —aceptó la mujer.

—Recojo mis cosas y salgo enseguida.

«Mamá», pensé cinco segundos después.

Tras aceptar que nunca volvería a saber nada más del tío bueno del aeropuerto, de su mirada sensual, de su aroma salvaje ni de su maravilloso y apasionado beso, pensé que lo mejor sería cumplir la promesa para que mi madre durmiera tranquila. Pero allí seguía ocurriendo algo extraño... Porque, al desconectar el modo avión, ¡desastre absoluto, la última cadena de mensajes con mi madre ya no estaba!

«No, no. ¡Han desaparecido todas las cadenas de mi teléfono!», pensé medio segundo después.

«¡Y los contactos también son diferentes!», acepté antes de rendirme al cataclismo.

—¡Mierda, tengo su teléfono y él debería tener el mío! —grité, semiparalizada y muerta de pánico, aunque también risueña, feliz y con el recuerdo en aquel maldito aeropuerto.

Esto no debió suceder.

Y no imaginas hasta qué punto se complicará todo...

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