En algún lugar de los sueños
Algunos sueños no deberían existir. Y algunas personas nunca deberían recordarlos. Porque, si lo hicieran, la historia cambiaría para siempre.
1
Neri
Año 1938. Domingo 30 de enero. Plaza de Sant Felip Neri. Barcelona.
—Oliver...
—Oliver...
—Oliver, contesta. ¿Estás despierto o todavía no? —susurró la niña por tercera vez mientras zarandeaba el hombro de su amigo con ternura.
Tras cinco segundos para entreabrir los ojos, fijar la mirada y situarse de nuevo en la realidad, el pequeño Oliver respondió con un hilo de voz y una sola palabra.
—Clara...
La mañana despertó intensa, con aires de silencio y un miedo aterrador que destrozaba el ánimo de los vecinos. Era un día para dejar huella en las páginas de la historia. Uno de esos días tristes cuando los caprichos del azar y el destino toman rumbos opuestos para romper la fortuna, el amor y la esperanza.
Con los primeros rayos de sol, comenzaron a surgir voces de socorro que alertaban el peligro de la guerra. Mientras tanto, en la iglesia de Sant Felip Neri, el padre Abad volaba de un lado a otro para repartir pan con miel y tazas de leche a los quince huérfanos que mantenía a su cargo. Aquellas malditas balas no hacían nada más que enviarle nuevos hijos del Señor, y a la ausencia de familia se unió la falta de techo, afecto y canciones de cuna para dormir. Las bombas que llegaban desde el cielo tampoco parecían estar de su parte, y el miedo solía crear escenas de pánico ante la fragilidad de aquellos duendes perdidos bajo el manto de una ciudad sitiada que a duras penas lograba protegerles.
Pero aquel domingo de invierno era muy especial, pues el coro de la iglesia estaba listo para su audición semanal en tiempos de guerra. Los huérfanos del padre Abad esperaban la cita como agua de mayo, pues todos sabían que la función, el amor y esas caras de angelitos eran el mejor escaparate para conocer nuevas familias que los sacaran de allí. Y tanto Oliver como la dulce Clara vestían con sus mejores galas; un vestido rosa de mil flores, roto y hecho jirones para ella, y pantalones largos, camiseta y jersey de lana con remiendos por todas partes para él.
Tras apaciguar el apetito de la mañana y como siempre desde que vivían allí, Oliver y Clara salieron de la iglesia para jugar sobre el entarimado rocoso de una plaza que ya era hogar. Las combas divertían a las niñas durante las horas infinitas de recreo, mientras que un balón de cuero envejecido servía para olvidar la tristeza de cuantos niños se protegían entre los rincones más enigmáticos del templo. Pero de vez en cuando, tan solo de vez en cuando y entre las sombras de la esquina oeste de la plaza, se podía ver a dos huérfanos especiales que deseaban ser algo más que simples niños golpeados por la mala fortuna.
—Oliver, ¿esta mañana cantamos en la representación semanal del coro? —preguntó la pequeña Clara, risueña, con la inocencia de una niña de solo seis años.
—Sí... hoy es domingo y sabes que el padre Abad prepara ese discurso tan famoso para que encontremos familias. Además, dice que cuando cantamos se nos ve felices y buenos. Y así es más fácil que alguien nos adopte —respondió Oliver, pero sin comprender el significado real de sus palabras.
Aunque los huérfanos de Neri adoraban al clérigo, para algún feligrés resultaba misterioso, distante y como si fuera una especie de brujo. Aquel hombre se presentaba flaco, alto, erguido y vestía siempre de riguroso negro. Tenía manos largas y estrechas que dejaban intuir los huesos de las falanges y, al final, unas uñas que aconsejaban mantener la distancia para que nadie saliera herido. Sus ojos se apreciaban profundos e invitaban a esquivar el cruce de miradas, la nariz se curvaba en demasía, pero gracias al amor incondicional que siempre mostró por Oliver y Clara, para ambos era como un ángel salvador que bajó desde el cielo con solo una misión: protegerles del mal.
—A ti y a mí, ¿crees que nos adoptarán juntos? —preguntó de nuevo la niña más tierna de la ciudad—. Ya sabes que no quiero irme de aquí sin ti.
—No lo sé... pero creo que nadie querrá llevarse a casa a dos huérfanos a la vez.
—Entonces, prefiero que nadie nos quiera. Es mejor quedarse con el padre Abad —susurró Clara tras imaginar que su amistad con el niño de los sueños finalizaría allí mismo.
Pero Oliver y Clara eran demasiado pequeños para intuir los planes de un destino al que era muy arriesgado preguntar, así que afrontaron el día como tantos otros en aquella época de guerra.
—¿Sabías que tengo un lápiz nuevo en el bolsillo? —dijo ella mientras balanceaba su cuerpo de forma entrañable.
—¿Y qué harás con él?
—No sé... lo guardo... El padre Abad ha dicho que un día de estos me enseñará a escribir mi nombre... ¿Quieres que también aprenda a escribir el tuyo?
—Vale. El mío es muy fácil... —respondió Oliver con aquella mirada tierna que solo mostraba ante su amiga.
—Tú ya sabes escribir, ¿verdad?
—Sí. De vez en cuando, hacemos dictados y redacciones. Los dictados no me gustan, pero las redacciones sí.
—¿Ah sí? ¿Y por qué te gustan las redacciones? ¿Tienes que escribir mucho?
—No me importa escribir. Y me gustan porque en ellas puedo inventar el final de las historias.
—¿Alguna vez has escrito una historia sobre nosotros?
Sin apartar la vista, Oliver pensó que sería mejor no responder. Además, las historias que guardaba en silencio no parecían tener ningún sentido, y esa era una sensación abrumadora que no sabía gestionar.
—Si te dejo el lápiz, ¿escribirías nuestros nombres aquí?
—¿En el muro? —repreguntó Oliver.
—Sí, no pasa nada... Si los escribes pequeñitos, nadie se dará cuenta.
Antes de aceptar la propuesta de su amiga, Oliver rebuscó en el bolsillo del pantalón y se colocó frente a ella para que nadie más viera la escena.
—¡Oliver, un cuchillo! ¡Es muy peligroso! —gritó la pequeña sin darse cuenta.
—Ssshhhttt... No hables tan alto, que me van a pillar... Solo es una navaja.
—¡Pero, Oliver, el padre Abad siempre dice que no podemos jugar con estas cosas!
—La tengo por si pasa algo malo. Pero no lo digas, ¿vale? Será nuestro secreto.
Oliver dudó medio segundo. No sabía por qué. Incluso tuvo miedo. Pero le invadió una sensación de necesidad impropia de su edad. Como si aquello no fuera un simple juego infantil. Como si, de alguna manera, el mensaje que estaba a punto de grabar en el muro exterior de la iglesia tuviera que permanecer allí.
—¿Ves? Ahora nadie los podrá borrar... Estaremos aquí para siempre.
Cuando finalizó la representación dominical para recaudar fondos que mantuvieran a flote la economía de la iglesia, a Oliver y Clara les quedaba casi todo el domingo por delante. Actuar en el coro les gustaba más de lo que decían. Durante aquellos minutos sobre el altar, ambos se mostraban alegres ante familias que admiraban sus cualidades musicales y, de algún modo fugaz, sentían el calor y la compasión de personas a quienes jamás conocieron, pero que podrían convertirse en sus nuevos protectores.
Pese a todo, la vida en el templo no estaba mal. Más allá de sus clases para no perder ritmo escolar, a los quince huérfanos apenas les indicaban qué hacer o decir, mantenían cierta libertad y todos agradecían su cama, fuera propia o compartida, y las tres comidas diarias que ningún crío se atrevía a rechazar. Pero si algo resultaba emocionante, era explorar los rincones de aquella ciudad repleta de sueños, tuvieran permiso o no.
—Esta tarde deberás quedarte a jugar con tus amigas.
—¿Por qué dices eso? ¿Te han adoptado tan rápido? ¿Ya no te veré nunca más? —preguntó la niña, asustada, antes de mostrar un puchero revelador.
—No, qué va. Alguien ha dicho que hoy abrirán los cines. Me escaparé un rato para ver qué película dan.
—¿Yo no puedo ir? A mí también me gustan las películas. ¿He hecho algo malo? ¿Estás enfadado conmigo?
—No has hecho nada malo. Y ya sabes que no estoy enfadado. Voy solo porque es muy peligroso. Además, tengo que colarme y el lugar es pequeño. No hay espacio para los dos.
—Vaaa, déjame ir contigo. Por favor, Oliver. ¡Te prometo que me portaré bien! Y si quieres, esta noche te daré mi postre.
—¡Pero si te encantan los postres! No, Clara. Nunca te quitaría algo así
—Entonces, ¿puedo ir contigo al cine?
—Solo tienes seis años, Clara. Todavía eres pequeña. Yo tengo doce y ya soy mayor. Además, si pasa algo malo, puedo correr más rápido.
—No me dejes sola, que tengo miedo —insistió Clara para no separarse de su amigo.
En aquel instante de emociones a flor de piel, Oliver comprendió que perder los vínculos familiares por culpa de la guerra había sido un golpe devastador contra su pequeño corazón, de modo que los sentimientos de Clara viajarían sin rumbo por el mismo camino de piedras que él no era capaz de abandonar.
—Está bien, pero tendremos que apretarnos un poco.
—A mí no me importa estar apretada contigo —confesó ella mientras le miraba—. Vale, entonces iré a ver la película del cine, pero debes prometer que no soltarás mi mano durante el camino. Y ahora voy a dibujar un rato, que una señora muy amable nos ha traído hojas nuevas y lápices de colores.
—De acuerdo, no te soltaré —prometió el pequeño Oliver.
Mientras los huérfanos de Sant Felip Neri contemplaban las imágenes de una película en blanco y negro que apenas eran capaces de asimilar, soldados del bando nacional se deleitaron con cierta arrogancia al recordar cómo las incursiones por la zona lograban sus propósitos militares más descarnados. Los pasillos laterales de la sala escucharon mil batallas donde las fuerzas invasoras solían arrasar los objetivos civiles que algún alto mando les encargó, y aunque los comentarios jocosos pretendían robar la atención de cuantas doncellas buscaban un buen general que les solventara el futuro, a ojos del cielo solo representó la escena secundaria de una historia que necesitaba cambiar el rumbo.
Pero durante un segundo de terror bélico entre aquella multitud extraña, Oliver escuchó una sirena que nunca mentía. El padre Abad dijo una y otra vez que, aunque el sonido gritara sin motivo, todos debían correr hasta el refugio situado en el subterráneo de la iglesia. Según insistió, en la ciudad no existía lugar más seguro que el cuarto húmedo y oscuro que se escondía bajo tierra, a pesar de estar protegido por sus ruegos y por el templo de un Dios que poco podía hacer para conceder los deseos de su siervo.
—¡Corre, Clara, tenemos que salir de aquí! —gritó Oliver al escuchar la sirena.
—¿Qué pasa? —respondió la niña de Neri.
—¿No has oído la sirena?
—No, pero no me asustes, que los hombres de la guerra me dan mucho miedo. Mataron a mis padres y a mi hermano...
Cuando abandonaron aquel cine que vio interrumpida su función de tarde, Oliver y Clara se buscaron para correr como alma que lleva el diablo. Su huella infantil apenas lograba acariciar el suelo, mientras el llanto feroz de las calles no les permitió separar sus manos. Desamparados, sin aliento y a merced de la suerte, intentaron escapar de una vida marcada por el dolor, pero el cielo que miraba desde lo alto solo fue capaz de rezar por ellos. Bajo las nubes y alguna estrella que no tardaría en adornar la ciudad, el tímido sol de invierno iluminó sus pasos hacia el hogar tutelado por el padre Abad, el refugio más seguro para ellos en tiempos de balas, hambre y bombas sin piedad.
—¡Oliver, espérame! —gritó Clara—. ¡Yo no puedo correr tan rápido como tú!
Tras oír la voz de socorro, Oliver se detuvo al instante. Aunque se esforzara en disimular, esta vez estaba aterrado, pero su miedo no podía verse reflejado en el único rostro que la pequeña Clara contemplaba en aquellos segundos sin aire.
—¡Espérame, por favor! ¡No vayas tan rápido, que todavía soy pequeña! —insistió la niña.
Al ver la escena que se mostraba junto a él, Oliver entendió que su protegida no podría mantener el ritmo de fuga que ambos necesitaban para estar a salvo. Corrían tan veloces como toleraban sus cuerpos aún en construcción. El vestido rosa de Clara volaba como una cometa en primavera a orillas de cualquier mar infinito, mientras el viento alborotaba su cabellera de sol para ofrecer una imagen de amor y paz que, en realidad, ya no existía
Pero un tropiezo inesperado contra el suelo medieval hizo que Oliver se detuviera en seco. Ya no le importaban los soldados, las sirenas o las bombas. Porque necesitaba retroceder de inmediato para rescatarla una vez más, para cumplir la promesa de la mañana y tomar su mano temblorosa.
—¡Corre, Clara, dame la mano! ¡Tenemos que llegar a la iglesia cuanto antes!
Finalizada su carrera y la plegaria habitual para que todo saliera bien, Oliver y Clara frenaron la huida junto a la fachada principal de una construcción de la plaza Nova que llamó su atención. Solo necesitaban guiar sus pasos sobre la calle del puente elevado y torcer a la derecha por la plaza de Garriga i Bachs para, en lo que dura un suspiro, llegar a Sant Felip Neri tras recorrer el estrecho, húmedo y sombrío pasaje de Montjuïc del Bisbe.
Cuando encararon por fin la plaza, una imagen desgarradora les permitió ver al padre Abad envuelto en gestos de horror que acentuaban la prisa para que nadie se quedara en la calle. Pero la pequeña Clara quiso hacer la última pausa del camino y, sin soltar la mano de su mejor amigo, alzó poco a poco la vista para enlazar sus miradas y preguntar:
—Tú y yo estaremos siempre juntos, ¿verdad?
Sin responder, Oliver sujetó la mano de la única persona con vida a la que de verdad quería y, aterrado como nunca lo estuvo antes, iniciaron la última carrera hacia el templo. Pero lo que hasta ese instante fue un zumbido que llegaba desde el cielo, de pronto se transformó en un estallido que dio la bienvenida a otra noche sin luna. Los muros de la iglesia crujieron para simbolizar parte de la historia. El dolor, la rabia infinita y el agujero de la plaza crearon fábulas de horror imposibles, mientras que mil toneladas de tierra, piedras, cristales y sangre ofrecían un aspecto desolador. En el frío suelo, el cuerpo inmóvil de Clara y sus ojos abiertos de par en par cortaron la respiración del pequeño Oliver, quien, tras acariciar con dulzura la mano de su amiga por última vez, se rindió ante los ángeles para cerrar los suyos, para dormir con ella y... no volver a despertar.
La historia continúa muchos años después. Si quieres saber más, aquí puedes leer la segunda parte del capítulo 1.
En la actualidad. Segundo viernes de octubre. En alguna calle antigua del casco viejo. Barcelona.
Oliver Grau nunca supo cuándo empezó. Tal vez siempre estuvo allí. Esa sensación extraña de no encajar en ninguna parte. Como si los días avanzaran, pero él no pudiera hacerlo.
A veces lo percibía en pequeños detalles. En pensamientos que no lograba situar. En imágenes que parecían recuerdos. Y por eso investigaba. Jamás lo hizo por curiosidad. Tampoco para matar el tiempo. Necesitaba entender qué fallaba en él, en el mundo o en su propia vida.
Oliver era periodista y, entre artículo y artículo, solía dedicar las horas a responder preguntas que nadie parecía formular.
La biblioteca se había convertido en su refugio, y era allí, sin miradas ni voces que le molestaran, donde investigaba en secreto. Necesitaba saber si era posible recuperar asuntos pendientes de la vida o solventar injusticias que nunca se rigieron por circuitos del estudio o la ciencia. Porque Oliver sentía latir su corazón, el azar le miraba y nunca estuvo a favor de perder el tiempo.
La Biblioteca Universal de Barcelona fue inaugurada años atrás por una asociación privada que apenas dejaba conocer nada sobre su origen. Según afirmaron durante la presentación, sus enigmáticos patrocinadores deseaban ofrecer textos al gran público, y el centro contaba con un fondo editorial envidiable. Incluso, en sus estanterías cerradas bajo llave, se podían encontrar manuscritos, pergaminos y documentos que databan del mismísimo siglo I.
—Buenos días, Siena —susurró Oliver para evitar que alguien se enfadara con él.
Siena era la responsable de la biblioteca. Según decían algunos, la sabiduría almacenada por aquella mujer y su aspecto académico parecían embriagar a quien se interesara por los libros. De rostro místico, tímido y curioso a la vez, Siena apenas dejaba contemplar su mirada y, a cada voz que pronunciara su nombre, solía olvidar el mundo como si aquellas cinco letras jamás hubieran sido para ella. Excepto con Oliver. Su figura tampoco disimulaba seriedad. Entrada en años y de reacción impredecible, a la gente le costaba pasar más de medio minuto a su lado, pues se presentaba flaca, alta, erguida y vestía siempre de riguroso negro. Tenía manos muy largas y estrechas que dejaban intuir los huesos de las falanges y, al final, unas uñas que aconsejaban mantener la distancia para que nadie saliera herido. Sus ojos se apreciaban profundos e invitaban a esquivar el cruce de miradas, la nariz se curvaba en demasía y, gracias a una actitud distante que helaba la sangre, todos dudaban que fuera real.
—Silencio, por favor —respondió Siena—. Aunque me halaga tu cortesía, sabes que no se puede hablar en la biblioteca.
—Tú hablas más que yo —insistió Oliver, esta vez con ternura.
—Ya te vale. Eres tremendo —replicó ella.
Aquella mujer que lo sabía casi todo solía enrojecerse cuando se encontraba frente a él, y si este la importunaba con bromas que la dejaran entre la espada y la pared, nada podía hacer para ganar la batalla. Pero Oliver no se acercó a la biblioteca para coquetear con alguien que podría ser su madre. Buscaba alguna publicación que le ayudara a comprender los entresijos del tiempo. Porque esa medida universal que se contaba en segundos, minutos y horas podía ser demasiado cruel con las personas, con sus creencias o con los caprichos de un destino al que solía denominar «azar».
Tras saludar a Siena, Oliver quiso zambullirse entre las páginas de un libro antiguo que llevaba meses estudiando. Además, alguna secuencia que parecía salir de un cuento acompañaba su caminar como en los sueños. Porque si bien era cierto que algunos sueños frenaban las manecillas, también era verdad que Oliver no lograba situar el origen de su primer reloj, ya fuera de pulsera, de arena o de bolsillo. ¿Tenía sentido estudiar el paso del tiempo? Oliver no era capaz de encontrar respuestas, se dejaba llevar y apenas sabía adivinar el siguiente paso. Incluso llegó a imaginarse como si deambulara por una historia de ida y vuelta. Como si el aire que respiraba protegiera su cuerpo con ropa de nobleza. Como si, por el hecho de creer, dudar o vivir, alguien le gritara que las sombras estaban justo allí, en silencio, escondidas para vigilar su camino.
A veces, Clara D’Angelo tenía la sensación de recordar algo que nunca vivió. Era como en algún sueño. Imaginaciones, tal vez... Era ese tipo de escenas que no puedes explicar a nadie. Incluso eran lugares. Ecos o fragmentos de una vida que no sabía ubicar en ningún momento de la suya. En ocasiones, también le parecía reconocerlos, como si su cuerpo y su corazón supieran algo más que su mente no alcanzaba a comprender.
Para ella, la vida transcurría junto a sus amigas Sofía y Raquel, sus clases de pintura en un precioso taller del Gótico y su trabajo como dueña de la galería de antigüedades más emblemática de la ciudad. Clara nunca imaginó dedicarse a la búsqueda y venta de piezas milenarias, pero el interés por los objetos antiguos cambió su forma de pensar. No se trataba de conocer a la perfección las costumbres medievales. Nada tenía que ver el valor y apenas le preocupaba cuando quiso profundizar en la historia primitiva. Su galería la situaba en el centro de todo aquello que debía recordar. Eran emociones que siempre vivió en secreto, pero sin sospechar que la verdad estaba justo allí, entre las reliquias que pronto la guiarían hasta revelar su verdadero nombre.
Clara vivía con las mejores amigas del mundo. Conoció a Sofía y Raquel cuando las tres cursaban su último año en el instituto. A pesar de tomar rumbos diferentes, las tres prometieron que, antes de comprometer su amor, pasarían varios años bajo la protección de un hogar que no delatara sus conversaciones.
Aun así, los años las atraparon y ya acumulaban siete navidades lejos de la ciudad, entre caminos y la paz de la naturaleza. A pesar de sus visitas a Barcelona y del afecto que sentía por las calles del Gótico, la densidad de población y el bullicio no estaban hechos para Clara. Una cosa era su profesión o las mañanas de viernes en el taller de María. Aquello le gustaba y era la dosis perfecta, pero prefería respirar entre prados y flores donde resultara mucho más fácil ocultarse. Además, la vida con Sofía y Raquel era divertida, se entendían con facilidad y ningún quehacer doméstico suscitaba peleas. Tampoco existían obligaciones entre ellas, y la confianza era de tal magnitud que hasta parecían hermanas.
Pero, a sus treinta años, Clara se imaginaba en otro lugar, cerca de las praderas y rodeada por caballos medievales. Según ella, ser jinete era una sensación irracional que llevaba en la sangre, como si tanta pasión surgiera de sueños prohibidos que pronto bajarían del cielo para obligarla a comprender.
Sin decirlo en voz muy alta, pintar solía transportar su corazón. Compensaba el temor a los sueños y, disfrazada con su mono rosa pastel, las mañanas junto a María eran como repetir uno de sus paseos matinales para ver el amanecer. Porque, en la plaza Nova, Clara podía mostrar su peculiar manera de interpretar el mundo mientras se imaginaba a sí misma a lomos de Honey, una preciosa yegua de color miel que solo existía en los mejores sueños.
Sin embargo, Clara no tenía previsto montar aquel viernes de octubre. Como cada mañana, se levantó, cambió su pijama y salió para ver el sol.
—¿Por fin os habéis despertado? —preguntó Clara tras ver a Sofía y Raquel en la cocina, con su café de primera hora—. Parece que las sábanas se pegan a vosotras. Yo llevo en pie desde las seis menos cuarto.
—A ver, Clara, tampoco hace falta exagerar, que son las siete. Además, la clínica no abre hasta las ocho —respondió Raquel con muestras de sueño.
—Podríais acompañarme una mañana de estas. Os prometo que el frío en la cara os permitirá ver el mundo en color.
—Si el frío se cuela en mi cuerpo, soy capaz de llegar al juzgado congelada —reconoció Sofía con guasa—. No, Clara, los campos son para ti. No olvides que vinimos a este pueblo por tu habitual testarudez. Ya sabemos que no te va la ciudad, pero déjame en la estación para ir hacia Barcelona mientras tú paseas. Además, no tengo zapatillas para esos caminos de Dios.
Ese viernes, Clara asistió a su clase de pintura con María, en el taller de la plaza Nova. Era un rincón donde compartir momentos de amor que guardaba en su corazón. Pero más allá de la pintura, a Clara le gustaban las charlas con una profesora que la seducía sin miedo, quizá por su magia, y a la que admiraba no solo por su capacidad artística, sino también por su misticismo, por su entrega y por la cercanía que le mostró desde la primera, tierna y extraña mirada que cruzaron sus ojos.
Al finalizar su clase, Clara permanecía durante horas sobre las calles. Para ella, la ruta de cada viernes era una rutina innegociable, e imaginaba que no existía nada mejor para interpretar los sueños que perderse en la historia. Incluso, a veces, llegó a percibir como si una sombra la buscara para rezar a sus pies.
—¿Hoy también te quedarás por aquí? —preguntó María para conocer las intenciones de su alumna.
—Sí. Hoy será solo un rato, pero ya sabes que adoro caminar por estas calles.
—¿Aún tocas los edificios? —insistió la maestra para favorecer su reacción.
—Te parece una tontería, ¿verdad?
—En absoluto. Aunque me gustaría saber por qué lo haces.
—Siento algo... —reconoció sin miedo—. Pensarás que estoy loca, pero creo que a veces me miran. ¡Y ahora no te rías!
—Claro que no. Todo en ti me parece bien. Si sientes algo al acariciar las fachadas antiguas, quizá sea porque ellas han visto esa mirada especial y también desean hablar contigo.
—¡Esto sí que ha sonado fatal, María!
Pero las emociones de Clara comenzaron a recuperar el calor de los sueños. Fue como si las palabras de su maestra la obligaran a recordar otra vez. Como si, al caminar por las calles de la ciudad, alguien la siguiera para decirle que nada era casualidad, que el cielo vigilaba sus pasos y que algunos edificios sí podían hablar.
—A mi edad no debería portarme como una cría... —insinuó Clara para buscar refugio emocional.
—¿A tu edad?
—Tengo treinta años y no debería acariciar edificios antiguos. ¡Es de niños!
—Clara, como se dijo hace tiempo, los años que tienes son los únicos que, en realidad, ya no tienes.
—¿Perdona? Ahora no te sigo.
—Tu edad es historia y solo tienes los años que te quedan por vivir. Porque, tal vez, algún día descubras que tu edad no es nada comparado con la fortuna que te espera.
—Quizá tengas razón —aceptó Clara, sin discutir, poco antes de abandonar el taller.
Ya en la calle, Clara solo paseó unos minutos por allí. Necesitaba entender los misterios de cuatro vasijas que llegaron a sus manos para tasar una herencia de valor incalculable. Si estaba en lo cierto, los objetos podrían tener hasta mil años de antigüedad. Recordaba cómo buscó información sobre aquella manera de cocer el barro, y reconocía que apenas encontró pistas. Pero Clara no sabía que el azar ocultaba planes para ella, así que se dirigió con prisa hacia su destino sin imaginar que todo cambiaría para siempre.
—Buenos días, busco información. ¿Puede ayudarme? —dijo Clara tras cruzar una mirada extraña con la bibliotecaria.
Pero Siena nunca estuvo allí para ordenar millones de páginas. Además, si bien era cierto que el tiempo no regalaba favores, Clara tampoco fue capaz de intuir que sí podía evaluar su caso.
—Buenos días, jovencita —respondió la bibliotecaria con aires de melancolía—. ¿Qué temática necesitas?
Clara intuyó que la visita sería un absoluto fracaso, pero no le importó y quiso probar suerte.
—Sistemas antiguos para cocer barro.
—Vaya... —susurró Siena para disimular—. Quizá encuentres algo interesante en la primera planta... Dirígete al pasillo número cuatro y allí mismo verás una mesa para acomodarte con todos los libros que llamen tu atención. Ah, y no tengas prisa, por favor. Nunca es buena consejera.
—Gracias, pero... —dijo Clara sin acabar la frase.
—Primera planta. Pasillo número cuatro. La mesa —insistió la mujer.
Clara obedeció a Siena y se dirigió hacia la primera planta. La estancia era preciosa. La madera, el techo decorado y tantos libros antiguos regalaban un paisaje de sabiduría que nunca imaginó a su alcance. Mientras tanto, el azar y su amigo destino, camuflados en la sala, esperaban su momento para favorecer el reencuentro de quien no estaba allí por casualidad.
Tras varios segundos interminables para escoger cuatro libros y acomodarse de forma elegante, Clara vio a un tipo atrapado por su lectura. En una esquina y como si deseara pasar desapercibido, él no apartaba el rostro de la tinta, inmerso en alguna historia y como si quisiera vivir en su propia burbuja.
Durante varios minutos, Clara se dedicó a observar la escena. Aunque, desde la otra punta de la mesa, no supo cómo ignorar al hombre que seguía ajeno a casi todo. Porque hacía ya más de una hora que Oliver no levantaba la mirada, Siena observaba con gran ternura y los duendes de Sant Felip Neri parecían dispuestos a mover los hilos.
Gracias a un gesto irracional que le permitió levantar el cuello, Oliver alzó la mirada. Y fue entonces cuando el universo detuvo la marcha. Oliver se fijó en la dulzura de una joven sin igual. Era tímida y preciosa. Incluso pudo imaginar unos ojos claros que la distancia no le dejó asegurar. Aquella imagen parecía tierna, como esas personas barnizadas con un brillo especial que, si tienes la suerte de conocer alguna vez, no logras olvidar jamás.
Pero también sintió algo raro. ¿La conocía? ¿Fueron amigos o compañeros durante su infancia? ¿Vecinos, quizá? ¿De la escuela? ¿Era la hija de algunos amigos de sus padres? No... imposible. Ella era tan especial que la recordaría. Seguro.
Tras un breve repaso para adivinar el tiempo de aquella mujer entre los muros de su biblioteca, Oliver pudo intuir cuatro libros mal colocados. Era evidente que la joven perdió los minutos en el cielo, como si desde allí hubiera caído una estrella para arrasar la sala con recuerdos imposibles.
En ese instante, un extraño deseo recorrió el cuerpo de Clara. Sus manos temblaban de tal manera que no supo reaccionar. Las noches sin dormir, las imágenes que siempre atacaron su mente y los sueños ya no parecían tener sentido. Porque estaba aterrada.
«¿Y si me descubre?», pensó mientras intentaba ocultarse bajo una coraza invisible.
«Lo peor de todo es que me recuerda a alguien...», se dijo a sí misma, discreta, para no luchar contra lo inevitable.
Clara intuyó que se trataba del miedo a saber de aquel hombre. Como si el azar o los recuerdos quisieran acorralar su alma entre los rincones de aquella dichosa biblioteca. Como si alguien lejano contemplara la escena en silencio para ver su reacción. Pero tanto deseó conocer, que ahogó el deseo en las páginas, se dirigió a toda prisa hacia la planta baja y, sin tan siquiera mirar atrás, se despidió fugazmente de Siena con un desgarrador, tímido y contradictorio «lo siento... ya volveré otro día».
Antes de continuar, regresemos al lugar donde empieza esta novela.
Sant Felip Neri, 30 de enero de 1938.
La historia que acabas de leer comienza sobre un hecho que sí ocurrió.
La bomba cayó sobre la plaza.
La iglesia quedó marcada para siempre.
Y las vidas de quienes estaban allí, también.
Oliver y Clara corrieron hacia la iglesia para refugiarse. Lo que pasó antes y después pertenece a un relato que nunca llegó a los libros.
Durante siglos, la historia ha conservado fechas, lugares y nombres. Pero también ha dejado silencios.
Conocemos acontecimientos porque fueron escritos. Otros solo podemos imaginarlos porque alguien sigue soñando con ellos.
Pero hay algo que sí sabemos. Algunas personas pueden desaparecer de los libros y, aun así, permanecer en la memoria. Incluso cuando nadie recuerda haberlas conocido.
¿Cuánto hay de realidad en esta historia?
Hay lugares que existen.
Hay fechas que pueden comprobarse.
Hay acontecimientos que fueron registrados.
Y hay personas cuyos nombres solo aparecen en cuadros secretos.
¿Esto asegura que nunca existieron?
Tú decides dónde termina la historia y comienza el recuerdo.
EN ALGÚN LUGAR DE LOS SUEÑOS
